martes, 30 de septiembre de 2008

LOS POLÍTICOS Y SUS PUEBLOS(I)

Hace poco me di cuenta de que, salvo honrosas excepciones, el lugar de nacimiento de un político dice mucho de él. Quizás sea casualidad o no, pero en cada comunidad autónoma se da una especie de político genuina de dicha región y que no tiene imitación en el resto de España. Bueno, excepto un rasgo que es común a todos: el poder como única verdad.
Es necesario empezar por la región que más ha influido en nuestra historia democrática desde la muerte de Franco, que es Castilla y León. Aquí han nacido biológica o políticamente 3 de los 5 presidentes del gobierno que han pasado por la Moncloa hasta la fecha: Adolfo Suárez, José María Aznar y Zapatero.
Sin lugar a dudas Adolfo Suárez acertó a pronunciar una frase que, para mí, es la esencia de toda democracia que quiera ser real y no una farsa realmente llamada oclocracia: elevar a rango de categoría política lo que es normal en la calle. Nunca un régimen político puede darle las espaldas a su sociedad. En el momento que el poder político intente dominar a la sociedad y no servir a esa sociedad, la política deja de ser política y la tiranía se abre paso sin ningún tipo de reservas. Adolfo Suárez acertó a poner la política, su política, al nivel de los deseos y las necesidades de la sociedad española de entonces, que pedía libertad y democracia por encima de interesas partidistas o ajustes de viejas cuentas que ahora, precisamente, en el 2008 pretenden Zapatero y Garzón cobrarse para mayor gloria. Quizás Adolfo Suárez no supo articular un partido de centro real, pues la UCD fue una máscara de poder que en cuanto desapareció el poder no quedó nada dentro del cascarón, pero también es verdad que Adolfo Suárez ha sido, seguramente, el único político que ha gobernado o tomado decisiones cediendo poder y a favor de la sociedad. Que luego con el tiempo los resultados de ciertas políticas de UCD y ciertos pactos constitucionales hayan servido directamente a los partidos separatistas, es otra cosa. Pero qué duda cabe que Suárez hizo por aquel entonces lo que era más necesario de hacer pero también lo más difícil. Y ahí tenemos sino el golpe de Estado del 23-F que, análisis aparte, representó el testimonio de un sector inmovilista dispuesto a hacer de la democracia un paréntesis en la historia de España, tal y como Suárez dijo momentos antes cuando anunció su dimisión como presidente del gobierno (“yo no quiero que la democracia sea un paréntesis en la historia de España”).
Después de Suárez vino José María Aznar, que no nació biológicamente en Castilla pero sí forjó aquí su destino político, siendo presidente de su parlamento autonómico. Aznar llegó al poder 14 años después de que la UCD perdiese el gobierno a favor del PSOE, por lo que se encontró con una España muy diferente a aquella España post franquista. Diferente en algunos sentidos, claro, porque la calidad democrática de 1996 después de 14 años felipistas no era mucho mejor que la de 1977, por ejemplo. En 1977 existía la sensación, la creencia, de que había una eternidad por escribir, de que se podían lograr grandes cosas. En 1996 ya había mucho escrito y que pesaban en las espaldas de una sociedad que veía la clase política con un descrédito realmente alarmante. Quizás el Partido Popular en su primera legislatura supiera guiarse un poco por la inercia de regeneración democrática que tanto había prometido en la oposición y que tanto había entusiasmado a muchos sectores de la sociedad, sobre todo a gente joven, aunque parezca mentira.


Pero una vez comprobado que la regeneración democrática se limitaba a que nadie del gobierno popular robase ni matase, se pasó a dar como buenas unas políticas económicas muy acertadas y una lucha contra la ETA sin marejadilla de GAL de fondo y con la determinación, claridad y fortaleza de alguien como Mayor Oreja, respaldado entonces, todo hay que decirlo, por José María Aznar. Hace no mucho tiempo, uno de los dirigentes del PNV, no recuerdo cuál porque tampoco importa, dijo que el hecho de que Aznar fuese una víctima del terrorismo lo incapacitaba para luchar contra la ETA, más o menos. Aquí tenemos un ejemplo diamantino de cómo le molestó al partido jelkide que el PP llevase a ETA a los peores momentos de su historia, hasta casi hacerla desaparecer. Para mí el mayor mérito que tuvo Aznar en sus 8 años de gobierno, aunque conforme pasaron los años se fue deteriorando a marchas forzadas, fue la fortaleza y la dignidad con las víctimas del terrorismo y contra ETA que exhibió el gobierno del PP, devolviendo el reconocimiento y el valor a todos los caídos a manos de la ETA y situando a los etarras y a todo su entramado al borde de la derrota tanto política como militar. Y esto es algo que hay que tener siempre en cuenta a la hora de valorar los 8 años de Aznar, positivos no solamente por la política económica sino también por su política contra el terrorismo. Es verdad que se cerraron con un clima de soberbia y prepotencia instaladas en la Moncloa y en Génova 13, con el remate final de la desastrosa comunicación y gestión de la masacre del 11-M, pero con el paso del tiempo se verá, hasta qué punto, España necesitaba esa política económica y nacional que el Partido Popular de Aznar dotó a España.
Y por último ejemplar castellano leonés tenemos a Zapatero, cuyo testamento político lleva escribiendo desde que ganó, gracias a la manipulación de 200 muertos, las elecciones del 2004. Es difícil decir algo bueno de Zapatero, porque su principal defecto anula cualquier bondad que pueda tener, pero quizás detrás del radicalismo tan osado que perfuma todas sus decisiones políticas, quizás se encuentre el pleno convencimiento de que hace lo que hace porque, en el fondo, cree en ello. Pero hasta hoy el saldo político de Zapatero no puede ser otro que el descrédito, el ya no tener saldo. Se equivocó profundamente con la ETA y no ha tenido ni siquiera el valor de pedir perdón a los españoles. Ha puesto en marcha una política exterior que ha llevado a España a tener como aliados únicamente a dictadores bananeros de Latinoamérica. Ha estado negando una crisis económica que aunque es mundial no sabe ni por donde coger. Y ha estado formando gobiernos que son, con diferencia, los más nefastos e ineptos de toda la historia no solamente de nuestra democracia sino de nuestro legado político moderno, desde los reyes católicos allá por 1492. Con todo esto, ¿qué bueno se puede decir de Zapatero? Que ha impulsado leyes sociales que han sido bien acogidas por una gran mayoría de la sociedad como el matrimonio homosexual, la ley de la dependencia o la ayuda al alquiler. Es verdad que son leyes destinadas a colectivos concretos de la sociedad pero que han supuesto que los españoles ahora seamos más iguales que antes, pero lo que es a nivel de alta política Zapatero ha fracasado de manera íntegramente estrepitosa.

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